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La Cultura o Civilización según Maritain

Maritain usa aquí como sinónimos los términos «cultura» y «civilización», no obstante que en un estudio más a fondo pueden ser diferenciados.

"La cultura o civilización es la plenitud de la vida propiamente humana, que comprende no solamente el desarrollo material necesario y suficiente para permitirnos llevar una vida recta en este mundo, sino y sobre todo el desarrollo moral, el desarrollo de las actividades especulativas y de las actividades prácticas (artísticas y éticas) que merece ser llamado con propiedad un «desarrollo humano».

"Es necesario después de esto comprender bien que la cultura, la civilización, pertenecen por sí mismas al medio «temporal», tienen, en otros términos, un objeto especificador – el bien terrenal y perecedero de nuestra vida en este mundo – cuyo propio orden es el orden natural.

"Sin duda ella debe ser subordinada a la vida eterna, como fin intermediario del fin último. Y de esta subordinación a un fin superior ella recibe una super-elevación intrínseca en su propio orden: una civilización cristiana tiene medidas más altas, un punto terrenal más perfecto que el de una civilización pagana; si se reflexiona que la amistad natural y las virtudes políticas naturales que ella pone en actividad requieren normalmente ser informadas por las virtudes morales infusas y por la caridad, se comprende que las supremas regulaciones morales gracias a las cuales ella cumple su obra terrenal desembocan en el orden sobrenatural."

• Religión y Cultura J.M.


Presencia 'natural' de la Religión en la Cultura

Para Maritain, como el desarrollo humano no es sólo material sino y principalmente moral, la religión debe tener un papel principal.

"La religión que requiere de por si, in abstracto, el concepto de cultura o de civilización, es tan sólo la «religión natural».

"Es por ello que ninguna de las religiones que conoce nuestra historia es la simple religión natural abstractamente encarada por la filosofía. Puede seguramente encontrarse en ellas muchos rasgos que responden a aspiraciones religiosas naturales del ser humano; todas, sin embargo, derivan de hecho de un origen más alto, todas ellas conservan algún vestigio de las revelaciones y ordenanzas primeras; todas, salvo la religión del Cristo, han también declinado del orden sobrenatural y consecutivamente se han desviado más o menos del orden natural.

"La verdadera religión es sobrenatural, descendida del cielo con Aquel que hizo la gracia y la verdad. No es del hombre ni del mundo, ni de una civilización ni de una cultura; es de Dios. Trasciende toda civilización y toda cultura. Es la suprema animadora y bienhechora de las civilizaciones y de las culturas, y por otra parte es en sí misma independiente de éstas, libre, universal, estrictamente universal, católica."


La Moralidad y la vida política y económica

La precencia natural de la religión en la cultura implica la presencia de la moralidad en la vida social, política y económica.

"Las leyes políticas y económicas no son leyes puramente físicas, como las de la mecánica o de la química; son leyes de la acción humana que las inviste de valores morales. La justicia, la humanidad, el recto amor del prójimo son parte esencial de la estructura misma de la realidad política y económica. Una perfidia no es solamente una cosa prohibida por la moral individual, es una cosa políticamente mala que va a destruir la salud política del cuerpo social. La opresión de los pobres y la riqueza tomada como fin en sí no están solamente prohibidas por la moral individual, sino que son también cosas económicamente malas, que van contra la finalidad misma de lo económico, porque es ésta una finalidad humana.

"Santo Tomás enseña que para llevar una vida moral, para desarrollarse en la vida de las virtudes, el hombre tiene necesidad de un cierto mínimo de bienestar y de seguridad material. Esta enseñanza significa que la miseria es socialmente, como León Bloy y Péguy lo vieron tan bien, una especie de infierno; significa también que las condiciones sociales que sitúan al mayor número de hombres en la ocasión próxima de pecar, exigiendo una especie de heroísmo en aquellos que quieren practicar la ley de Dios, son condiciones que en estricta justicia se tiene el deber de denunciar sin demora, y de esforzarse en cambiarlas.


¿Y nosotros, los cristianos?

"Nosotros los cristianos tenemos que rescatar mucho tiempo deplorablemente perdido. Cuántas cosas, por ejemplo, serían diferentes si hubiese sido un discípulo de Santo Tomás quien escribiera sobre el Capital un libro tan decisivo como el de Marx, pero fundado sobre principios verdaderos.

"Nuestros principios duermen, y el error vive, activo y audaz. En conjunto, y pese al esfuerzo de algunos, que han salvado el honor, la carencia de este mundo, en el último siglo, ante problemas que interesaban directamente la dignidad de la persona humana y la justicia cristiana, es uno de los fenómenos más aflictivos de la historia moderna.

"La Iglesia sabe que ninguna civilización, ninguna nación tienen las manos puras. Pero ella sabe también que aunque nacidas lejos de ella y bajo climas espirituales que el error obscurecía, todas las culturas y civilizaciones de la tierra, por más formas aberrantes que puedan comportar, no se sostienen sino por el bien que encierran, y están preñadas de verdades humanas y divinas, y que la Providencia ordinaria de Dios vela sobre todos los pueblos."